De vez en cuando me agoto. Me vacío. La conciencia me acosa. Me pierdo en mi propio vacío. Soy un desastre. Un fiasco. Solo un fiasco. Pura bulla. Ahora que el tiempo no existe, tengo ganas de gritar y de llorar. Pero me río. Se me ocurre una postal. Cuántos ríos habrá en tu invierno…. Me interrumpe una bocina. Paseo por las nubes. Una condensa y se desarma bajo mis pies. Aterrizo en el fondo de un océano tibio. Un pez de colores pasa frente a mí. Es la hora. Suena el reloj. Paseo por el alma de un idiota. Miles de palabras enredadas en un cerebro. Canciones. El viento. Ruido de motores. Tormenta. Tarde de invierno. Sale el sol. Pero no calienta. Se viene el sol. ¿Qué tiene de malo? ¿Qué es malo? Para vos. Si hubiera querido renovarme, me hubiera hecho un lifting. ¿Qué pasó con todo lo que hice? Se desvaneció. No hay necesidad de separar. Todo junto está tan claro... Como si unos ojos me miraran desde la oscuridad. No soy nada. Sólo la chispa de un fuego que se viene extinguiendo. No es necesario separar. No me interesa. Mi pierna izquierda se estira lentamente. Exhalo trayendo los dedos hacia mi cara. Inhalo y los estiro. Me acalambro. Paciencia. Un ejercicio. Parece bien. Tenemos tiempo. Pero pasa. Desespera. Pocas imágenes. Ideas descolgadas. Desacomodadas. Los detalles no encajan entre sí. A veces algunas cosas se cuelgan y se enriedan con otras pero se corta enseguida. Es como si faltara imaginación. Qué triste, ¿no?
Aburrido y personal. Tieso y estético a la vez. Dinámico pero anaeróbico. Exento de tasas.
Le compré un regalo. Pensaba ablandarlo un poco. Ni siquiera se inmutó. Estiró su mano y lo dejó a un lado. Si supiera de que se trata. Conflicto entre valores e intereses. Un bandido.
Cierro mis ojos. Miles de lágrimas quedan aprisionadas dentro. La música sigue sonando. Su voz se aleja. El suelo se pone blando. Estoy vieja para tanto trajín. Acumulo frases en mi mente. Temo perder la memoria. Cosecha personal. Que tiempos aquellos en que uno compraba por diez pesos y un kilo de ciruelas de cada lado.
Seguro que un montón de veces me quisiste seguir y no te animaste. Lo peor es que yo también. Así, en ese troncoso vuelo, no podemos. Alguien tiene que hacer algo. No importa quien, no importa que, tampoco como.
Compulsión. Urgencia. Apuro. Prisa. Precipitación. Brisa. Calor. Incienso puro. Diligencia. Preconciencia…imaginación.
-Bueno, se trancó. No hay más remedio que apagarla. Los ruidos de la casa me volvían loca. Lo peor era la radio. Todo el tiempo repicando una voz incomprensible al fondo de mi cerebro. Voces. La voz de un niño en el televisor. Le pide dinero a su padre. Papá mete la mano en el bolsillo interno de su saco. Cuantos. Tantos. Santos. Inocentes. Castos. Cautos. Siempre pertinentes. Cuantos. Tantos. Ahora sí. Apañados por el gobierno de turno. Apastados. Indoloros. Insípidos también, pero indoloros. Pero mantengo la calma. Marihuana, pasta base. Todo lo mismo. Que anormal. El sol me da en la espalda. Pasa un jardín de infantes que salió de paseo.
Se oyen risas.
El agua de la fuente refleja los rayos del sol. Las ramas de los árboles se mecen suavemente interponiendo sombras.
Música. (canto de pájaros)
Se quema una flor. Con los ojos cerrados observo mi respiración… Me relajo… apoyo mis músculos en el suelo y los dejo descansar… No sé. Pasan. Nombres rebuscados. Por suerte ahora la de la música soy yo. No es la primera vez que tengo problemas para elegir. El tiempo pasa, la gente se acerca a preguntar y yo no he decidido nada. Es más difícil aún, con esto de que ahora mis asuntos incumben a todo el barrio. Un puente. Tu cuerpo del otro lado. El mío de este. Gracias por venir. Ahora que estás aquí me siento más fuerte. No quiero que me manipules. Tarde o temprano terminás imponiéndome tu forma de ver, de ser y sentir el mundo. Es como un dogma. No me interesa. La única forma de vender las ideas es por medio de una presentación acabada; una realización impecable y un vendedor profesional. No pregunto por nadie. No quiero que me enredes. Yo ya sé todo eso. Pero me parece mentira. Te cuesta creerlo porque nunca acabás. Empezás, pero no seguís. Yo ahora no quiero ir a ningún lado. Zarzamora. Cómo querés que te lo diga. La vieja protesta porque el loco anda sin camisa. Lo que pasa en realidad es que la pone cachonda. El tipo se pone la camisa y no pasa más nada. ¡qué feas las camisas! ¡Que lindos los varones!
Mañana. Ojalá no sea demasiado tarde. Lo único que quería era sentirme así. Si estuviéramos más cerca sería otra cosa. Tendríamos más tiempo para balbucear: El cielo aterriza en el mar salado. Los hilos que me manejan se rompen. Por un instante quedo inerte, inmóvil. Apoyándome entre las rodillas la cabeza. Me pica la espalda. Intento rascarme, no llego pero tomo conciencia que puedo moverme. Agito entonces la mano izquierda. Alguien contesta mi saludo. Ladra un perro. Los autos pasan a toda velocidad. Se detienen. La luz roja me encandila. Pierdo el equilibrio. Floto en medio de un fondo celeste. Pequeños ganchos sostienen mis extremidades colgados de finos hilos blancos disimulados por las nubes que pasan. Inmenso. Códigos que desconozco. Armas que no utilizo. Sonidos que no interpreto. El borde del universo y vos, parado en la oscuridad, en silencio. Palabras. Sueltas. Entrelazadas. Formándose en sentidos. Imágenes. Sonidos. Música.
Tiempo que no pasa más. Pero pasa y ya no vuelve el mismo momento. Tiempos que guían mi movimiento, lento. Para mí el tiempo no pasa. Todavía es ayer. Si tuviera un ratito te iría a ver. No sé en que andará tu mente peregrina. Más perdida que la mía, tal vez…Parece que tengo otras virtudes que son más importantes.
El tiempo que pase. Ya las partes se harán por su lado. Dibujos. Movimiento. Luz. Titilo.
Vorágine. Ella espera que la bese.
El sol brillaba. Empañaba los vidrios. Las cosas aparecen y desaparecen sin explicación. El tiempo no pasa. Es como si la vida se fuera quedando quieta. Sólo me queda esperar a que vuelvas. Ojalá traigas algo.. La cajita. El cajoncito, la punta. Ya no queda nada.
A veces no es más nada que eso. Pero la cosa es que algo hay que hacer. Quiero hacer algo que valga la pena. Éstos, que somos vos y yo, estamos lejos. Cierro los ojos. Es igual en este lado. Me asusto. Me atrevo. Sueño.
El intento. El fracaso, la perseverancia. El éxito. La decadencia. El miedo. El coraje. La huída. El engaño. El vicio. La apuesta. El desborde.
El tiempo que pasa y no pasa nada. Las ganas de cambiar. El olvido. Ella ya no espera más.
Una clase de yoga. La viejita haciendo el gato. El teléfono que suena. Nadie contesta. Cortan. Silencio. La madre despatarrada se tira un pedo estruendoso y se despierta.
Arriba, en la cama, Armando abre los ojos. El humor de ellos: Peculiar. Agresivo. Sintético.
Hilos de nylon. Una bolsa de plástico que la estiran. La viejita doblándose. El teléfono que suena. Nadie contesta. La llave en la cerradura. La mano arrugada. El teléfono suena. La viejita abre la puerta con la llave.
Un encuentro. Poca confianza. Diferencias políticas. Casi voto en blanco, para no pelear con nadie. Pero me peleo conmigo. Siempre tengo problemas para elegir. Es que ya sé que las cosas no son lo que parecen. Subo por donde quiero. Las diferencias avanzan. No siempre son buenas, las diferencias. Casi siempre separan. Siempre tuve problemas para separar. Me gusta todo junto, entreverado, confundido, fundido….Cuadro negro. Una luz blanca se expande desde el centro del cuadro. Tu figura se insinúa a medida que la cantidad de luz aumenta. Pero no sos vos, es alguien parecido. Se parece mucho, pero no tiene tu mirada. ¿te habrás puesto los lentes? Es raro. El personaje en cuestión se me acerca. Tengo miedo. Me siento desamparada. Hay un señor vestido de blanco que me mira con dudosa intención. En segundos logra ubicarse en el centro del cuadro. Quiero apagar el televisor pero no puedo. La pantalla está dentro mío y perdí el control. Me despierto gritando. Aspiro una gran cantidad de aire que me ahoga. Tengo la garganta seca y no encuentro una canilla. Corro descontroladamente por las calles de la ciudad. Trato de controlar mi respiración pero no puedo. Tengo la nariz tapada de nada, de hinchada, de histérica. Me descubro en la arena más blanca del mundo. Me incorporo y me acerco al agua: hace calor. Nado entre las olas, adentrándome en la corriente. Los cangrejos se revuelcan en la orilla, yo me alejo. De pronto pierdo de vista el pueblo. Aparezco en la nada, dónde todo es arena y sol. Corro por el límite de mi existencia. Si pudiera controlar mis pasos….exhalo profundamente contrayendo mis flácidos músculos abdominales. Me vacío casi completamente. Pasa el 116. Ya soy grande para ir a la escuela. Me trago todo su humo negro y no toso. El cáncer avanza en lo más hondo de mi pulmón derecho: un hormiguero. Exhalo nuevamente. Caigo en un acceso de tos incontrolable. Los ojos me lloran solos, no puedo respirar. Llueve. Bajo mis pies se forma un charco. Veo mi rostro demacrado reflejarse en él. Corte. Contraplano: me mirás y te reís. A carcacajadas. Plano general de la multitud que me señala mientras la ambulancia se retira con los 5 heridos que dejó el accidente de tránsito. No sé. Pasan. Algunos se ríen y otros se compadecen de mi desgracia. Pero nadie hace nada. El paso del tiempo se enlentence. Plano detalle del reloj de la iglesia de a la vuelta de casa. El segundero se mueve pero los minutos no avanzan. ¿Se habrá trancado la vuelta? Cambiamos de canal. Ahora él la mira. Ella lo mira mirarla. Él se ríe. Ella se acerca. Él la mira. Paciencia. ¡qué virtud la paciencia! La gente pasa. Entre los ruidos de los autos se oye una conversación poco convincente. Las voces de los dos tiemblan, pero a tiempos diferentes, y uno se pregunta si algún día lograrán acomodarse. De pronto ella se desploma en sus brazos, él la sostiene casi sin querer…cambio mi punto de vista y vuelvo a ver las dos figuras separadas por una distancia prudencial. De alguna manera accedí a su imaginación. Ella ansía el momento en que él la tome en sus brazos. Pero la ansiedad es contraproducente y él saluda amablemente mientras se da media vuelta y vuelve por donde vino: un camino entre arbustos de zarzamora. Sol en el medio del cielo. Árboles a los costados del camino… de tierra. Camino descalza, no me lastimo, no hay piedras, pero el calor de la tierra me quema las plantas de los pies. Me acerco al costado y piso el pastito, que me pincha porque no es pastito. Es una plantota de abrojos en flor, madurita, con los pinchos sequitos que se me clavan hasta el fondo. Siento un viento fresco, un aire de alivio en el hombro izquierdo. Se oye un estruendo y estalla una tormenta. Me muevo hacia la tierra ahora húmeda para desenterrarme los abrojos. Me encuentro en el suelo, con mi pantalón blanco que ahora es marrón, batik, y todavía tengo tres pinchos clavados. Más allá del camino no se ve nada. La arena lo es todo en sus curvas desparejas. Ya no escucho el mar y eso me pone nerviosa. No sé bien dónde es. Exhalo profundamente. Mi respiración había vuelto a salirse de control. Inhalo, por la nariz, casi totalmente despejada, controlando que el paso del aire sea paulatino. Es aire puro. De alguna parte arrastra olor a hierba y entonces comprendo que no todo es arena. En alguna parte puedo encontrar un lugar dónde estar. El viento viene de atrás mío. Giro 180º y camino. Esta vez, tengo el rumbo marcado… Ella está sentada en la banquina de la rambla. Las olas se mecen suavemente sin llegar a la marca de la orilla: la marea está baja. Él pasa corriendo a toda velocidad. No la ve, porque está corriendo. Apenas si puede controlar su respiración. Ella sí lo ve. Está sentada ahí, esperando que el pase, como siempre. Corten. No me gusta la escena. Vamos a cambiar todo el guión. Ella está sentada. Acción. Ella está sentada en la banquina de la rambla. Las olas se mecen suavemente sin llegar a la marca de la orilla: la marea está baja. Él pasa corriendo a toda velocidad. Se detiene de golpe, frente a ella. La mira. Ella lo mira. Ni una palabra…El casino. Por dentro y por fuera. La puerta giratoria que me atrapa. La última moneda sobrevive en el fondo de mi bolsillo, pero no puedo salir. Una fuerza extraña se apodera de mis dedos que se deslizan entre las llaves y la billetera vacía. Corro hacia el tragamonedas que se traga mi última moneda. Ahora sí, logro salir. Camino por el parque en busca de tres bichicomes que son amigos míos: Yples, Mundoró y Elotré. Les cuento lo que me pasa y se ríen. Yples, que entiende nada, porque es sordo y no me estaba mirando, me ofrece un trago de vino. Confío en su efecto medicinal y me empino la botella. Está cortado, con agua. Le pregunto a Elotré que me dice que no toman agua, ninguno de los tres, y que no le diga esas cosas que le voy a hacer caer mal el vino. Él sabe que no es el mejor vino del mundo, ha tenido la suerte de empinarse las más finas reservas. Igual no le hace asco a nada. Mundoró me acerca la botella y yo me mojo los labios, para no despreciar. Los alcohólicos no fuman porro porque los da vuelta. Un perfume familiar acaricia mi nariz y el viento se estira entre cuatro montañas. Pasa un tiempo moderador. El mar se enfurece dándose contra el muro de contención. Los cordones se desatan. Y entonces el círculo negro se volvió blanco. Lo lleno se volvió vacío. Tus ojos se pararon en los míos y yo me fui al banco. Tres veces. Tal vez cuatro. Mis ojos se perdieron en el horizonte. Gaviotas y patos lo atravesaron. Y el hielo que había en mi vaso se derritió por el sol. ¿Dónde estabas? Van a ser las 9, la música se apaga. Abruptamente. Un charco de sangre en el suelo se vuelve cemento y quedaste pegado. Dos veces, tal vez tres, o una sola. La cámara se aleja. La luz disminuye y todo se vuelve negro. Después blanco. Corro por el bosque. Todos los árboles son iguales. Todo se vuelve blanco. Después negro. Un camino verde, de pasto fosforecente en medio del asfalto. El río de la plata golpea frenéticamente el muro de contención. Cientos de elefantes que pasan en fila. La carpa del circo y los enanos. Tela que se sacude en la ventana. Mariposas. Crisálidas. Inventario de novedades. Plástico. Reivindicaciones. Talco. Mensajes en códigos extraños. No conozco tu mente pero me la imagino. El agua desborda el muro, se inunda la rambla. Los autos flotan por Pereyra para arriba para dejarnos en casa. La comida está lista. Te hacen ruido las tripas y metés la cuchara. Son casi las nueve y la música se apaga. Me tiran del brazo. Son casi las nueve. Todo se vuelve negro, después blanco, rojo y azul. Una línea amarilla lo atraviesa. Me duele la cabeza. Una mano entra en cuadro ofreciendo una pastilla. La muerdo. Rechazo el agua. La música acaricia mis sesos cansados. Son casi las nueve. Esto puede pasar muchas veces, diez, tal vez cuatro. Son casi las nueve. El reloj no avanza. El segundero se mueve, pero el tiempo no pasa. Un motor se enciende. La música avanza. Los gritos de los teros se integran con gracia. Son casi las nueve otra vez, ya basta. Reviento el reloj contra la mesada. Me tapo la cabeza con la almohada. Pero son casi las nueve. El sol entra por la rendijita de la ventana. Siempre la dejo abierta, sino, la hora se me pasa. Entro a mi oficina (que no es una oficina). Todo está oscuro, y cuando abro las persianas, me doy cuenta que no están las cosas dónde las deje. Todos mis papeles revueltos, todos mis cajones entreabiertos, los dibujos en el piso. Me estreso. No sé hacia dónde mirar. Me falta el horizonte que relaje mis músculos oculares. Me falta. En ningún momento pensé en hacerlo. Las páginas en blanco lo prueban. Sólo lo propuse para disimular. Ahora estoy frente a él. Sus ojos inocentes me miran. En mi pecho condensa el ritmo de su respiración. Tengo miedo. Era por el tiempo que hacía. Pero algo tenía que ver la noticia. Ese cosquilleo entre la panza y el centro del pecho. Ese deslizarse a la garganta. Esa circulación desde la frente a la nariz. Los hombros relajados, colgando del respaldo de la silla. El tipo sentado, suspendido, en silencio, esperando su respuesta. Ella, que no podía decir una palabra, sonrío. El tipo la mira fijo. – ¿sí?
Ella lanza una carcajada. El tipo se siente incómodo y mira al mozo. El mozo se acerca. Ella se ríe descontroladamente. El pide cualquier cosa que diga para dos y una cerveza. Ella no toma cerveza porque no le gusta. Le ofrece vino y ahora ella se siente incómoda. Hay una que sale de compras. Le fascina pasearse entre las vidrieras del shopping. Sueña que es modelo. Huyendo el compás. Te miro por la ventana. Tengo entre mis dientes algo que me está molestando. No quiero saber nada. Estoy. Aquí y Ahora. Ya logré desenganchar la tirita de repollo. ¿No era esto lo que querías que te escribiera? Cierro los ojos. Es igual en este lado. Me asusto. Me atrevo. Sueño. Suerte. Casi ocho. Pero siete. Hambre que perfora mi estómago: no he comido en todo el día. Hay olor a hamburguesa y yo soy vegetariana. Daría lo que no tengo por una ensalada. Pero no tengo nada. Intransigencia: La gente pasa al lado mío y no hace nada. Me derrito como el cubo de hielo en el vaso. Cedo ante el deseo fervoroso de quedarme ahí, derritiéndome, mientras el calor lo consume todo y el viento brilla por su ausencia. Son casi las nueve: tu llegada es inminente. Me preocupo por mi aspecto y me acerco al espejo de un auto. El dueño me pide amable, pero imperativamente que no los moleste. Soy un manojo de nervios. Son casi las nueve y no encuentro un espejo. La imagen que vi me trajo un recuerdo: el eslabón perdido de la cadena alimenticia. Urgencia. Son casi las nueve, estas por llegar y soy un desastre. Me escondo detrás de un camión de mudanzas. Pasas. Te veo pasar, pero no ves. Trato de contactar tu espacio interior. No lo encuentro. Aquí afuera todo es un desastre. Todo esto es una mierda. Especialmente el análisis clínico. Pero que rica mierda. Y que bien huele!
Acción: Agarra el cañito borra una raya. Blanca. Blanca. La nariz. Una vez. Un sol. Una estrella. Siempre. Brilla. Ahora. Historia. Fantasía. Maleabilidad. Gelatina en sobre: Tu vida se hace realidad.
Tiempo pasado. Tiempo por venir. Tiempo. Sonrisas. Risas. Lamentos. Fuerza. Misterio. Inversión.
Ahora. Son las siete de la tarde. El sol acaba de caerse y refresca bastante. Suena el teléfono.
Silbo bajito y luego tarareo. Falta media hora. Un auto se detiene en la puerta de mi casa. Un tipo se baja y toca un timbre que no es el mío, porque acá no suena. Es hora. Salgo del edificio titubeando, pero enseguida recupero la compostura al esconder mi mirada tras los lentes negros. Me había olvidado lo bien que funcionaba. Doblo. Algunos vagos en la esquina fuman algo que huele raro: no es marihuana. Cómo han cambiado los tiempos. Yo sigo caminando, evitando sus miradas. Toco un timbre de una casa antigua. No suena. Golpeo. Un caballo galopa tras mi espalda. Lo escucho. Noto que la dirección está equivocada. Camino entre los árboles a paso firme. El océano ronronea a lo lejos y miles de seres le cantan al silencio. Yo respiro, profundo y lento. Las hojas se quiebran con cada movimiento. Mi paso se vuelve pausado, concentrándome en el viento que me acaricia un costado. Bocinas. Gente que gritaba. El árbol de al lado se balancea, lento y constante. Detengo mi respiración para escuchar: viento. Una corriente tibia me acaricia la cara. Sin querer nado a la orilla y doy la vuelta, me sumerjo. El sol dibuja la línea que separa el agua del cielo. Quiero nadar hasta ahí. Sé que no puedo. El tiempo pasa lentamente. Una melodía dulce acompaña mis pensamientos. El reloj no avanza. Respiro profundo y me estiro buscando alinear mi cabeza y mis caderas. Exhalo lentamente mientras trato de ver mejor y más cómodamente la punta de mis dedos. La profundidad de campo me distrae. Me confundo un instante. Pierdo compostura. Me enderezo cuidadosamente y guardo mi mano izquierda detrás del lado derecho de la cintura. Ahora no la veo. Sólo veo el horizonte que el muro forma con el cielo. Un horizonte gris y celeste. Un horizonte a cuadritos. Un horizonte al fin. Un puente. Tu cuerpo del otro lado. El mío de este. El tramo es largo, me pongo ansiosa. La figura se desvanece. ¿Habré perdido la capacidad de soñar?
Intento en vano sonreírte. No me ves. El teléfono parece importante. Supongo que no estarás ahí. Mis dedos han dejado de responder a la fuerza ajena. Debe ser que se alejó. Como vos. Te aviso. Las ideas se me enredan en la mente. No son hilos. Son ideas. Imágenes que genero con la intención de encontrarte. Te encuentro, pero no frente a frente. ¿Debo esperar? Tal vez haya pasado ya el momento de actuar. Mis deseos no se cumplen. La historia se repite. Cuando te veo es de lejos y aunque no sé que pensás, sueño que soñás con verme. No me alcanza verte así, de lejos. Quiero verte sonreír. Quiero que hablemos, quiero que el cielo se desarme en una tormenta que nos haga acurrucarnos bajo el balcón de mi ventana. Quiero que trepes por la liana y hagas el mate. Otra vez me controla los dedos esa fuerza extraña: parece magia, pero no lo es. Si lo fuera ya te hubiera encontrado en circunstancias más favorables…En cuestión de horas estaremos separados. Todo lo que nos une está a punto de desaparecer de mi imaginación. Triste sentimiento, la desilusión. Me entrego a lo negro. Descanso. Voy a salir a jugar con mi cuerpo. Caminar entre la gente sonriendo. Encontrarte entre la multitud que se congrega para observar el desastre: un accidente del tránsito. No me gusta la ciudad. Lo sabés. Pero tengo que estar acá. Entre toda esta gente. No les importa lo que me pasa. Solo quieren llegar rápido al shopping para comprarse un jean. No me gustan los jeans. Son duros, coartan el movimiento. El sol asoma con fuerza tras la nube de la tormenta que ya dejó de condensar. Cada vez sube más la temperatura. La ropa se me seca en el cuerpo. La vida cotidiana me absorbe de una forma incontrolable. Desaparece mi capacidad de abstracción, se anula. No puedo pensar en otra cosa que la ropa secándose pegada a mi piel. Me paspa. El dolor me ocupa totalmente el pensamiento. Hace frío y estoy lejos de casa. Si fueras una estrella te encontraría. Igual no me ves. ¿De qué sirve entonces todo esto? Sirve para ocupar mi inútil tiempo. Mientras, el tiempo pasa. No desespero. Tengo tiempo. No tengo nada mejor que hacer. Exhalo profundo tratando de expulsar ese aire que quedó atrapado en mi cerebro. Soy víctima de un acceso de tos.
Entonces la distancia pierde su sentido. Estás sólo a un milímetro mío y no sé que hacer. El tiempo pasa. Desespero. Desaparecés.

No hay comentarios:
Publicar un comentario